Wednesday, February 01, 2006

Reseña Historica de Sucre






Resumen sucinto de la vida
del General Sucre
escrito por el Libertador


Publicación de la Fundación «Misión Sucre»
con motivo de los 209 años del nacimiento
del Mariscal Antonio José de Sucre



Antonio José de Sucre
Boceto de Arturo Michelena
Colección Fundación Vicente Lecuna
Volver a página Misión SucreUd. está llamado a los más altos destinos, y yo preveo que Ud. es el rival de mi gloria.
Bolívar
(Carta a Sucre, Nasca, 26 de abril de 1825)



El general Antonio José de Sucre nació en la ciudad de Cumaná, en las provincias de Vene­zue­la, el año de 1795, de padres ricos y distin­gui­dos. Recibió su primera educación en la capital, Caracas. En el año de 1808 principió sus estudios de matemáticas para seguir la carrera de inge­niero. Empezada la revolución se dedicó a esta arma y mostró desde los primeros días una apli­ca­ción y una inteligencia que lo hicieron sobresalir entre sus compañeros. Muy pronto empezó la gue­rra, y desde luego el general Sucre salió a cam­paña. Sirvió a las órdenes del general Miranda con distinción en los años 11 y 12. Cuando los ge­nerales Mariño, Piar, Bermúdez y Valdés em­pren­dieron la reconquista de su patria, en el año de 13, por la parte oriental, el joven Sucre les acompañó a una empresa la más atrevida y te­meraria. Apenas un puñado de valientes que no pasaban de ciento, intentaron y lograron la liber­tad de tres provincias. Sucre siempre se dis­tinguía por su infatigable actividad, por su inteligencia y por su valor. En los célebres campos de Maturín y Cumaná se encontraba de ordinario al lado de los más audaces, rompiendo las filas enemigas, destrozando ejércitos contrarios con tres o cuatro compañías de voluntarios que componían todas nuestras fuerzas. La Grecia no ofrece prodigios mayores. Quinientos paisanos armados, man­da­dos por el intrépido Piar, destrozaron a ocho mil es­pañoles en tres combates en campo raso. El ge­neral Sucre era uno de los que se distinguían en medio de estos héroes.
El general Sucre sirvió el E.M.G. del Ejército de Oriente desde el año de 1816 hasta el de 1817, siempre con aquel celo, talento y conocimientos que lo han distinguido tanto. Él era el alma del ejér­cito en que servía. Él metodizaba todo: él lo di­rigía todo, mas, con esa modestia, con esa gra­cia, con que hermosea cuanto ejecuta. En me­dio de las combustiones que necesariamente nacen de la guerra y de la revolución, el general Sucre se hallaba frecuentemente de mediador, de con­sejero, de guía, sin perder nunca de vista la bue­na causa y el buen camino. Él era el azote del de­sorden y, sin embargo, el amigo de todos.
Su adhesión al Libertador y al Gobierno lo ponían a menudo en posiciones difíciles, cuando los partidos domésticos encendían los espíritus. El general Sucre quedaba en la tempestad seme­jante a una roca, combatida por las olas, cla­vados los ojos en su patria, y sin perder, no obstante, el aprecio y amor de los que combatía.
Después de la batalla de Boyacá, el general Sucre fue nombrado Jefe del Estado Mayor Ge­ne­ral Libertador, cuyo destino desempeñó con su asombrosa actividad. En esta capacidad asociado al general Briceño y al coronel Pérez, negoció el armisticio y regularización de la guerra con el ge­neral Morillo el año de 1820. Este tratado es digno del alma del general Sucre: la benignidad, la cle­mencia, el genio de la beneficencia lo dic­taron: él será eterno como el más bello monu­men­to de la pie­dad aplicada a la guerra: él será eterno como el nombre del vencedor de Ayacucho.
Luego fue destinado desde Bogotá a mandar la división de tropas que el Gobierno de Colombia puso a sus órdenes para auxiliar a Guayaquil, que se había insurreccionado contra el Gobierno es­pañol. Allí Sucre desplegó su genio conciliador, cor­tés, activo, audaz.
Dos derrotas consecutivas pusieron a Guaya­quil al lado del abismo. Todo estaba perdido en aquella época: nadie esperaba salud, sino en un prodigio de la buena suerte. Pero el general Sucre se hallaba en Guayaquil, y bastaba su presencia para hacerlo todo. El pueblo deseaba librarse de la esclavitud: el general Sucre dirigió este noble deseo con acierto y con gloria. Triunfa en Yagua­chi, y libra así a Guayaquil. Después un nuevo ejército se presentó en las puertas de esta misma ciudad, vencedor y fuerte. El general Sucre lo conjuró, lo rechazó sin combatirlo. Su política logró lo que sus armas no habían alcanzado. La des­tre­za del general Sucre obtuvo un armisticio del general español, que en realidad era una victoria. Gran parte de la batalla de Pichincha se debe a esta hábil negociación; porque sin ella, aquella cé­lebre jornada no habría tenido lugar. Todo ha­bría sucumbido entonces, no teniendo a su dispo­sición el general Sucre medios de resistencia.
El General Sucre formó, en fin, un ejército res­petable durante aquel armisticio con las tropas que levantó en el país, con las que recibió del Go­­bierno de Colombia y con la división del general Santa Cruz que obtuvo del Protector del Perú, por re­sultado de su incansable perseverancia en soli­citar por todas partes enemigos a los españo­les poseedores de Quito.
Antonio José de Sucre
Antonio Salas, Quito 1823La campaña que terminó la guerra del Sur de Colombia, fue dirigida y mandada en persona por el general Sucre; en ella mostró sus talentos y vir­tudes militares; superó dificultades que pa­re­­cían invencibles; la naturaleza le ofrecía obs­tácu­los, privaciones y penas durísimas. Mas a todo sa­bía remediar su genio fecundo. La batalla de Pi­chincha consumó la obra de su celo, de su saga­cidad y de su valor. Entonces fue nombrado en pre­mio de sus servicios, General de División e In­ten­dente del Departamento de Quito. Aque­llos pueblos veían en él su Libertador, su amigo; se mostraron más satisfechos del jefe que les era des­tinado, que de la libertad misma que reci­bían de sus manos. El bien dura poco; bien pron­to lo perdieron.
La pertinaz ciudad de Pasto se subleva poco des­pués de la capitulación que les concedió el Li­bertador con una generosidad sin ejemplo en la guerra. La de Ayacucho que acabamos de ver con asombro no le era comparable. Sin embargo, este pueblo ingrato y pérfido obligó al general Su­cre a marchar contra él, a la cabeza de algunos batallones y escuadrones de la guardia colom­bia­­na. Los abismos, los torrentes, los escarpados precipicios de Pasto fueron franqueados por los invencibles soldados de Colombia. El general Su­cre los guiaba, y Pasto fue nuevamente reducido al deber. El general Sucre, bien pronto fue desti­nado a una doble misión, militar y diplomática cer­­­ca de este Gobierno, cuyo objeto era hallarse al lado del Presidente de la República para inter­venir en la ejecución de las operaciones de las tro­pas colombianas auxiliares del Perú. Apenas llegó a esta capital, cuando el Gobierno del Perú le instó, repetida y fuertemente, para que tomase el mando del ejército unido; él se denegó a ello, siguiendo su deber y su propia moderación, hasta que la aproximación del enemigo con fuerzas muy superiores convirtió la aceptación del mando en una honrosa obligación. Todo estaba en desorden; todo iba a sucumbir sin el jefe militar que pusiese en defensa la plaza del Callao, con las fuerzas que ocupaban esta capital. El general Sucre tomó, a su pesar, el mando.
El Congreso que había sido ultrajado por el pre­sidente Riva-Agüero, depuso a este magis­tra­do luego que entró en El Callao, y autorizó al gene­ral Sucre para que obrase militar y políticamente como Jefe Supremo. Las circunstancias eran te­rribles, urgentísimas: no había que vacilar sino obrar con decisión.
El general Sucre renunció, sin embargo, el man­do que le confería el Congreso, el que siempre insistía con mayor ardor en el mismo empeño, como que era él el único hombre que podía salvar la patria en aquel conflicto tan tremendo. El Callao encerraba la caja de Pandora, y al mismo tiempo era un caos. El enemigo estaba a las puertas con fuerzas dobles; la plaza no estaba preparada para un sitio: los cuerpos de ejército que la guarnecían eran de diferentes Estados; de diferentes par­ti­dos; el Congreso y el Poder Ejecutivo luchaban de mano armada; todo el mundo mandaba en aquel lugar de confusión, y al parecer el general Sucre era responsable de todo. Él, pues, tomó la re­solución de defender la plaza, con tal que las auto­ridades supremas la evacuasen, como ya se había determinado de antemano por parte del Con­greso y del Poder Ejecutivo. Aconsejó a am­bos cuerpos que se entendiesen y transigiesen sus diferencias en Trujillo, que era el lugar desig­nado para su residencia.
El general Sucre tenía órdenes positivas de su Gobierno de sostener al del Perú, pero de abs­te­nerse de intervenir en sus diferencias instestinas; ésta fue su conducta invariable, observando reli­giosamente sus instrucciones. Por lo mismo, ­am­­­bos partidos se quejaban de indiferencia, de indo­lencia, de apatía por parte del general de Co­­lom­bia, que si había tomado el mando militar, había sido con suma repugnancia, y sólo por com­placer a las autoridades peruanas; pero bien resuelto a no ejercer otro mando que el estric­ta­men­te militar. Tal fue su comportamiento en me­dio de tan difíciles circunstancias. El Perú puede decir si la verdad dicta estas líneas.
Las operaciones del general Santa Cruz en el Alto Perú habían empezado con buen suceso y esperanzas probables. El general Sucre había reci­bido órdenes de embarcarse con cuatro mil hom­bres de las tropas aliadas, hacia aquella parte. En efecto, dirige su marcha con tres mil colombia­­nos y chilenos: desembarca en el puerto de Quil­ca, y toma la ciudad de Arequipa. Abre co­muni­caciones con el general Santa Cruz que se hallaba en el Alto Perú: a pesar de no recibir de­manda al­guna de dicho general de auxilios, dis­po­ne todo para obrar inmediatamente contra el enemigo común. Sus tropas habían llegado muy estro­peadas, como todas las que hacen la misma na­ve­gación: los caballos y bagajes, había costado una inmensa dificultad obtenerlos: las tropas de Chile se hallaban desnudas, y debieron vestirse antes de emprender una campaña rigurosa. Sin embargo todo se efectuó en pocas semanas. Ya la división del general Sucre había recibido parte del general Santa Cruz, que le llamaba en su auxi­lio, y algunas horas después de la recepción de es­te parte estaba en marcha, cuando se recibió el triste anuncio de la disolución de la mayor parte de la división peruana en las inmediaciones del Desaguadero. Por entonces todo cambiaba de as­pecto. Era, pues, indispensable mudar de plan. El general Sucre tuvo una entrevista con el ge­neral Santa Cruz en Moquegua, y allí com­bi­naron sus ulteriores operaciones. La división que man­daba el general Sucre vino a Pisco, y de allí pasó, por orden del Libertador, a Supe para opo­nerse a los planes de Riva-Agüero que obraba de con­cierto con los españoles.
En estas circunstancias el general Sucre instó al Libertador para que le permitiese ir a tomar el valle de Jauja con las tropas de Colombia, para opo­­nerse allí al general Canterac que venía del Sur. Riva-Agüero había ofrecido cooperar a esta maniobra; mas su perfidia pretendía engañarnos. Su intento era dilatarla hasta que llegasen los es­­­pa­ñoles, sus auxiliares. Tan miserable treta no podía alucinar al Libertador, que la había previsto con anticipación, o más bien que la conocía por do­cumentos interceptados de los traidores y de los enemigos.
Antonio José de Sucre
Autor anónimo. Circa 1825El general Sucre dio en aquel momento bri­llan­­te testimonio de su carácter generoso. Riva-Agüe­ro lo había calumniado atrozmente: lo ­su­­po­nía autor de los decretos del Congreso; el agen­­te de la ambición del Libertador; el instru­mento de su ruina. No obstante esto, Sucre ruega encarecida y ardientemente al Libertador para que no lo emplee en la campaña contra Riva-Agüero, ni aun como simple soldado; apenas se pudo conseguir de él que siguiese como espec­ta­dor, y no como Jefe del ejército unido; su resis­tencia era absoluta. Él decía que de ningún modo convenía la inter­ven­ción de los auxiliares en aque­­lla lucha, e infini­tamente menos la suya pro­pia, porque se le supo­nía enemigo personal de Riva-Agüero, y com­petidor al mando. El Liberta­dor cedió con in­finito sentimiento, según se dijo, a los vehementes clamoreos del general Sucre. Él tomó en persona el mando del ejército, hasta que el general La Fuente por su noble resolución de ahogar la traición de un jefe, y la guerra civil de su patria, prendió a Riva-Agüero y a sus cóm­plices. Entonces el general Sucre volvió a tomar el mando del ejército; lo acantonó en la provincia de Huailas donde se le ordenó; allí su economía desplegó todos sus recursos para mantener con co­modidad y agrado las tropas de Colombia. Has­­­ta entonces aquel departamento había pro­du­cido muy poco o nada al Estado. Sin embargo el general Sucre establece el orden más estricto para la subsistencia del ejército, conciliando a la vez el sacrificio de los pueblos y disminuyendo el dolor de las exacciones militares con su ina­go­table bondad y con su infinita dulzura. Así fue que el pueblo y el ejército se encontraron tan bien, cuanto las circunstancias lo permitían.
Sucre tuvo orden de hacer un reconocimiento de la frontera, como lo efectuó con el esmero que acos­tumbra, y dictó aquellas providencias prepa­ratorias que debían servirnos para realizar la pró­xima campaña.
Antonio José de Sucre
Óleo de Antonio Herrera ToroCuando la traición del Callao y de Torre-Tagle llamaron a los enemigos a Lima, el general Sucre recibió órdenes de contrarrestar el complicado sis­tema de maquinaciones pérfidas que se exten­dió en todo el territorio contra la libertad del país, la gloria del Libertador y el honor de los colom­bianos. El general Sucre combatió con suceso a to­dos los adversarios de la buena causa; escribió con sus manos resmas de papel para impugnar a los enemigos del Perú y de la libertad; para sos­tener a los buenos, para confortar a los que empe­zaban a desfallecer por los prestigios del error triunfante. El general Sucre escribía a sus amigos que más interés había tomado por la causa del Perú, que por una que le fuese propia o perte­ne­ciese a su familia. Jamás había desplegado un celo tan infatigable; mas sus servicios no se vieron burlados: ellos lograron retener en la causa de la patria, a muchos que la habrían abandonado sin el empeño generoso de Sucre. Este general tomó al mismo tiempo a su cargo la dirección de los pre­parativos que produjeron el efecto maravilloso de llevar el ejército al valle de Jauja por encima de los Andes, helados y desiertos. El ejército reci­bió todos los auxilios necesarios debidos, sin du­da, tan­to a los pueblos peruanos que los presta­ban como al jefe que los había ordenado tan opor­tuna y discretamente.
El general Sucre después de la acción de Junín se consagró de nuevo a la mejora y alivio del ejér­cito. Los hospitales fueron provistos por él, y los piquetes que venían de alta al ejército, eran auxi­liados por el mismo general: estos cuidados dieron al ejército dos mil hombres, que quizá habrían pe­­re­cido en la miseria sin el esmero del que con­sagraba sus desvelos a tan piadoso servicio. Para el general Sucre todo sacrificio por la humanidad y por la patria, parece glorioso. Ninguna atención bondadosa es indigna de su corazón: él es el ge­neral del soldado.
Cuando el Libertador lo dejó encargado de con­ducir la campaña durante el invierno que entraba, el general Sucre desplegó todos los talentos supe­riores que lo han conducido a obtener la más bri­llante campaña de cuantas forman la gloria de los hijos del nuevo mundo. La marcha del ejército unido desde la provincia de Cochabamba hasta Huamanga, es una operación insigne, comparable quizá a la más grande que presenta la historia mi­litar. Nuestro ejército era inferior en mitad al enemigo, que poseía infinitas ventajas materiales sobre el nuestro. Nosotros nos veíamos forzados a desfilar sobre riscos, gargantas, ríos, cumbres, abismos, siempre en presencia de un ejército enemigo, y siempre superior. Esta corta, pero te­rrible campaña, tiene un mérito que todavía no es bien conocido en su ejecución: ella merece un César que la describa.
La batalla de Ayacucho es la cumbre de la glo­ria americana, y la obra del general Sucre. La dis­posición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años, y a un enemigo perfectamente constituido y hábil­mente mandado. Ayacucho es la desesperación de nuestros enemigos. Ayacucho, semejante a Wa­terloo, que decidió del destino de Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla y contemplarla sentada en el trono de la libertad, dictando a los ameri­ca­nos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sa­grado de la naturaleza.
El general Sucre es el padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del Sol: es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco-Capac y contemplando las cadenas del Perú, rotas por su espada.
Lima: 1825

Tomado de la Edición de la Academia Nacional de la Historia en conmemoración del Centenario de Berruecos (4 de junio de 1930)